Bernardo Elenes Abigael Bohórquez, palabra y luz de Sonora.- En sus poemas, el lector percibe cuando el viento solloza su canción de guitarra, pero también el grito de dolor y desamparo de niños y mujeres.- Lo conocí, siendo estudiante, cuando llevó al teatro del ITSON el coro de poesía de la OPIC

Bernardo Elenes Habas

Es jueves.

Hablemos de poesía y de poetas…

Tengo en mis manos un ejemplar del libro “Abigael Bohórquez, Poesía reunida e inédita”, edición especial 2016 del Instituto Sonorense de Cultura, que me hizo llegar su director, Mario Welfo Álvarez Beltrán, a través de nuestra amiga mutua, Silvia Cevallos Muñoz, directora de la Biblioteca Pública Jesús Corral Ruiz, de Ciudad Obregón.

abigaelbohorquez Es jueves.

Hablemos de sueños que se gestan en los senderos de la vida…

En los que se aprende, recorriéndolos. Reconociendo la grandeza del silencio. Los gorjeos sublimes de los pájaros y la voz rural de la fronda, cuando el viento solloza su canción de guitarra. Pero también, el grito de dolor y desamparo de niños y mujeres. De gente que se esfuerza por sobrevivir más allá de la deslumbrante práctica política, de los discursos y fantasías de ceremonias públicas.

Abigael Bohórquez, traía la semilla del desierto en el pecho, como ardiente medalla.

Los sahuaros que se abren semejando manos gigantes, en los caminos de Caborca (su tierra natal, 1936); Altar, Pitiquito, Cucurpe, Atil, formaban parte del paisaje humano del poeta. El mismo que cantó a la vida y a la muerte. A los sueños enfebrecidos de los obrAbigael poetaeros. A la lucha sin tregua de la mujer por la igualdad. Al respeto sin límites, para los intelectuales y los artistas. Muerto en 1995.

En torno a la hoguera de la hermandad de sueños y horizontes, se juntaron en 1998 –bien recuerdo- los amigos del bardo. Los admiradores de su palabra. Quienes, alguna vez, lo escucharon matizar el pentagrama de metal y terciopelo de sus versos. El crisol amplio de sus ideas. Su llamarada contra las injusticias.

Unos días atrás, habían realizado reunión, también, en la ciudad de México, en Milpa Alta, y en las calles antiguas de la ciudad capital, otros amigos y sus parientes del desierto, hacían los mismo.

Se recordó, con pasión provinciana —legítima y limpia—, el aniversario del nacimiento del poeta, un 12 de marzo que huele a lumbre y alborada.

Y yo, que fui su amigo desde las lejanas laderas del Bacatete, deposité, también, mi puñado de tierra en el laberinto de la soledad, para reencontrarme en el recuerdo con la oración anónima del hombre, la que se desgrana con fondo sonoro de cúbajem (tambores), con lamento dulce de bacacusia (flauta de carrizo), allá lejos, donde nace el sol junto a sahuaros de flores amarillas.

“Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,/ la muerte de mi perro sin palabras,/ me duele más que la del perro que habla/ y extorsiona/ y discrimina/ y burla;/ mi perro era corriente,/ pero dejaba un corazón por huella;/ no tenía argolla ni sonaja,/ pero sus ojos eran dos panderos;/ no tenía listón en el pescuezo,/ pero tenía un girasol por cola/ y era la paz de sus orejas largas/ dos lenguas/ de diamantes”.

Destilaba, Abigael, amor por los seres indefensos. Los que son parte del día y de la noche y ladran al mundo y a las llantas de los carros, o maullan a la luna.

Pero también, daba aliento a las mujeres. Les marcaba la luz de un manifiesto. Las invitaba a defender sus sueños, a cerrar filas, piernas y relámpagos, contra las injusticias:

“…sal a las calles a gritar tu reto,/ y aunque ya la conoces/ mejor muérete de hambre que te mueran/ las bocas matricidas,/ muere mejor de sed que en cada vaso/ te siga dando el hijo agua de escombros,/ mejor muérete estéril,/ con el sexo tapiado,/ que tu oficio es azahar y es terciopelo/ y te lo apuñalamos./ Pon enseguida a las puertas del alma/ la rojinegra tela,/ arriba, sin piedad, madre,/ a la huelga!”

Abigael poeta 4 Qué espléndidos contrastes de ingenuidad y atrevimiento, de breves destellos incendiarios, mezclados con las raíces antiguas de las tradiciones, la del cantor para contar sus cosas:

“…porque en mi casa las ventanas eran/ penadamente abiertas,/ y sólo había luz cuando velaban/ al recuerdo y al otro,/ el de los clavos./ Luego me depusieron repentinamente,/ y no sabía de las avenidas,/ ni de los niños,/ ni de las campanas,/ porque en mi casa las ventanas/ estuvieron cerradas veinte años,/ y sólo me decían que la lluvia/ era agua porque no la veía/ y que el viento era malo/ y se llevaba/ a los que se asomaban a mirarlo”.

Era yo estudiante de preparatoria, en el ITSON, cuando Abigael llegó al teatro con los coros de la OPIC (Organismo de Promoción Internacional de Cultura), dependiente de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Ofrendó un recital vibrante. Voces y tambores matizando las raíces dimensionales de la poesía latinoamericana, haciéndola asomar sus filos centelleantes, su sed, su sangre derramada.

Me invitó a colaborar, Me entregó la revista Parva, trinchera para la metralla de los versos y las ideas, que dirigía.

Además, firmamos la proclama de la amistad, de sonorenses del desierto y de la sierra.

¿Cómo no recordar al soñador de arena y sílice. A quién atisbaba el horizonte y olfateaba la lluvia, porque sabía que con ella nacerían las palabras, vendría el color y la luz y la sinfonía indecible de las aves del desierto, como lo fue él mismo, que se inventó sus propias alas…?

Le saludo, lector.

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